Thursday, 7 January 2010

Bilbao & Lloyd Wright

La iluminación navideña que ahoga los centenarios árboles de la Gran Vía parece más propia de un videojuego japonés que de una capital de provincia. Color azul hipnótico. On, off, on, off. Se enciende y apaga con una velocidad no apta para epilépticos. De repente, Gucci. Voilá, Louis Vuitton. Precios obscenos, subidón de adrenalina y poco tiempo para pensar. ¿Visa o cash? Un dos tres, consuma otra vez. Intentas escapar de la vorágine comercial y ¡paf!, cerca de la ría, recibes un golpe en tu equilibrio. Ahí están las torres de Arata Isozaki, resignadas con majestuosidad frente al polémico zubizuri de Santiago Calatrava. A lo lejos, las placas de titanio del Gugghy te guiñan el ojo. Acércate y el cachorrito de Jeff Koons te saludará con un escueto hola. Muy buenas, ¿qué tenemos hoy? Plato principal, Frank Lloyd Wright. Suficiente por hoy, que ya se atisban los primeros síntomas del síndrome de Stendhal.

La sucursal bilbaína de la Fundación Guggenheim vuelve a sorprender a propios y extraños con una exposición sobre el trabajo del creador del primer museo de la firma, inaugurado allá por 1959 en Nueva York. Es la muestra más amplia y exhaustiva dedicada al americano de todas las que se han celebrado hasta el momento en Europa. Frank Lloyd Wright refleja el vasto trabajo del arquitecto con 63 de sus proyectos, en un recorrido único que ilustra la forma en la que revolucionó el concepto del espacio, diseñando “de dentro afuera”.

No es fácil escoger un arquitecto como tema para una exposición, ya que es obvio que lo que ahí se va a poder ver no son sus obras materializadas, sino los bocetos, los planos y las maquetas de las mismas. La arquiescultura o el arte de la arquitectura es, pues, la rara avis de las exposiciones de los museos, por sus manifiestas dificultades a la hora de exhibirla. Sin embargo, en este caso la idea parece tener más sentido: la posibilidad de admirar arquiescultura dentro de una arquiescultura, es decir, la fantástica obra de Frank Gehry, paradigma de la arquitectura hecha arte, como testigo del legado de Lloyd Wright.

Entre lo más destacado de la muestra encontramos el Plan para el Gran Bagdad, que a mediados del siglo XX tuvo ocupados a los mejores arquitectos del mundo, como Alvar Aalto, Walter Gropius, Gio Ponti o el propio Lloyd Wright. Un mega-proyecto ideado cuando los petrodólares y las ansias de occidentalización llegaron a Iraq, que desafortunadamente se quedó en agua de borrajas. El proyecto del edificio de oficinas Larkin Company, el teatro Hillside o el museo Salomon R. Guggenheim en Nueva York, que se inauguró seis meses después de la muerte de Lloyd Wright, también son protagonistas de la exhibición. La estrecha vinculación del arquitecto con Japón tuvo su punto álgido con el Hotel Imperial, además de los edificios religiosos ideados por todo el mundo: la sinagoga Beth Shalom, la capilla Pfeiffer o la Catedral de acero, que albergaría diferentes cultos en su estructura de acero y cristal.

Bilbao cuenta en su haber con obras de los más prestigiosos arquitectos-artistas internacionales. Un vicio que muchas ciudades han adquirido últimamente, como reclamo turístico o como justificación del trabajo del alcalde de turno. Pero con esta ciudad ocurre algo curioso, ya que según dicen éstos edificios adquieren mayor valor estético y artístico que si estuvieran construidos en otro lugar. Será el contexto, será la planificación de la ciudad o será la famosa fanfarronería bilbaína. Lo cierto es que así lo confirman los forasteros y Lloyd Wright habría suscrito esta idea. Hasta el 14 de febrero se podrá visitar Frank Lloyd Wright.

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