Haciendo honor a su estatus, estrena Invictus. Un peliculón de los que te clavan en la butaca y reparte estopa a la fibra sensible. Fotogramas que golpean las tinieblas, como diría Gabriel Celaya, que ruedan por las emociones como si los propulsores estuvieran engrasados con petróleo qatarí. La excusa, Nelson Mandela. Un libertador que se chupó 27 años en la sombra por negarse a articular el ¡señor, sí señor! "Pienso que nuestros políticos podrían aprender más de Nelson. Si existiera Dios, probablemente sería como él: un tío que sabe perdonar". Así es como dispara Eastwood. Le preguntamos si la gente aprenderá algo con esta película y empieza a disertar largo y tendido sobre la política estadounidense. Tras constatar el diálogo de sordos que se traen los gringos, empieza a descargar sobre todos ellos: "Miras la Fox o la MSNBC y ves que nadie escucha. Simplemente, discuten. Muy pocos dejan acabar y se pisan unos a otros. Son como moscas cojoneras." Ni Jimmy Carter se libra de su indignación, al que tilda de "viejo senil". ¡Viva América! Es lo que tiene pasar del obligado bipartidismo americano, que todos pueden recibir.Ahora que están tan de moda los bailes de sillas y las jubilaciones forzosas de grandes talentos para que ocupen prematuramente el museo de los muertos vivientes, viene Harry el Sucio y desenfunda su pistolón apuntando al que se mueva en la foto. Si alguien se preguntara a qué se debe hablar de un vetusto director de cine a estas alturas de la película, donde nos creemos que todo está inventado y nada nos sorpende, le diríamos que el viejo Clint ha vuelto con toda su artillería para bombardear el reinado del cine para inframentales que domina nuestro incierto panorama cultural. Temblad, cretinos que asociéis Rosebud con cualquier parida que no sea cine. Se trata de Clint Eastwood y su talento. Un ingeniero de la imagen, un poeta de la emoción, un arquitecto del séptimo arte. Cursi, pero cierto. Un tío que se viste por los pies.
Adicto confeso a la cerveza, afirma ir limpio de drogas. No será por falta de oportunidades. Dejando casi atrás a Matusalén, lo único que deja al descubierto la indecente cifra de su DNI es su cara. Un rictus de impresión. Uno, dos, tres, cuatro... Hasta 87 surcos distintos en su rostro contabilizados por quienes no tienen nada mejor para descalificarlo. Ser viejo. Sí, un pecado del siglo XXI. Una tragedia para un mastuerzo. Y más en ese mundo de impostura y cuchilladas que constituye el nuevo Hollywood, cenizas de lo que antaño fue lo más grande. "Release the stars" clamaba Rufus Wainwright en un esfuerzo imposible por resucitar algo que insufló vida a los trágicos comienzos del siglo XX, para llegar a la constatable conclusión: "didn't you know that old Hollywood is over?". Realmente, a Eastwood le importa un cuerno todo eso. "A medida que me voy haciendo viejo, más me importa la familia. Cuando era joven todo era distinto. Mi mujer sabe que me encanta trabajar, pero a la vez soy un ciudadano fiel a la familia".Los comienzos nunca son fáciles. Todos tienen su particular Jamón Jamón, pasaporte necesario para una gloria mayor, donde dadas las circunstancias nadie se anda con remilgos a la hora de enseñar las tetas o interpretar papeles de justiciero barato, como es el caso de Eastwood. Máximo representante del spaghetti-western, que le sirvió para llevar el pan a casa y, de paso, dar a conocer su nombre. Su gran oportunidad llegó tarde, rozando la cuarentena. Casi mejor, teniendo en cuenta los numerosos casos de éxito precoz mal digerido presentes en la historia del cine y que han hecho correr ríos de tinta. Tras crear su propia productora, Malpaso Productions, pasa a dirigir películas como El sargento de hierro o Los puentes de Madison. Más tarde vendrían Sin perdón o Million Dollar Baby. Sin olvidar Gran Torino, injustamente tratada por la crítica. Con cuatro estatuillas de la Academia en su haber y otras siete para sus películas, el director-actor-productor es, sin duda, una leyenda en vida.
67 películas en total. Ha actuado en 57 y dirigido 29. Unos números que se escapan a cualquier lógica y comprensión normales. Para calibrar el verdadero tamaño de un gigante como Clint Eastwood deberíamos armarnos de paciencia y tirar de hemeroteca, videoteca o lo que sea. O mejor, esperar sentados viendo cómo sigue evolucionando un monstruo del cine como él y comprobar que entre la morralla mediocre que malgasta metraje, siempre estará el viejo Clint como referencia. Una rara avis que hace que todo encaje y cobre sentido. ¿Crees en la reencarnación? "Claro que no", dice. ¿Qué ocurrirá con Clint Eastwood cuando Clint Eastwood ya no viva? "Que será el fin", vaticina. ¿Ni cielo ni infierno? ¿El fin y punto? "Mira, debemos estar agradecidos de poder hacer cosas en la vida, ser conscientes de ello y mover el culo. Y no ser tan avariciosos como para durar de por vida". Lo dicho, tanta franqueza escuece.
GQ España. Febrero 2010


