Sunday, 1 August 2010

Cineshock

Mierda, te has puesto perdido de ceniza. El calor insoportable y el alcohol son más efectivos que el cloroformo. La plaza de San Ildefonso, llena de niños cantores calentando las gargantas para otra noche de las que hacen historia, se ha convertido en un camerino colectivo para ensayar lo que viene. Pisas la Corredera Baja de San Pablo y, según vas descendiendo la cuesta, la sordidez del paisaje se acentúa. Maricas vigoréxicas cortadas por el mismo patrón, outsiders atormentados de rostro cadavérico y putas suspendidas de militancia. Parece una película de serie B. Tiras por Ballesta y en la frontera con Desengaño recibes un golpe en tu equilibrio. Aparece en escena Cristina La Veneno con sus amigas. Te escruta con esa mirada de quien se sabe cancerbera de los secretos de este país; políticos, empresarios y actores que han pagado por ella y por su silencio. Despierta chaval, que esto no es Elm Street ni Whitechapel, sino la trastienda de la Gran Vía, donde reinan la impostura y las poses fakespontáneas. Por fin, ya has llegado. Los Cines Luna se erigen solemnes en la plaza a la que dan nombre. Su fachada es un rictus de vidrio, arrugas y la tez del hombre Malboro, pero hoy todo es distinto. De repente, su nombre adquiere más sentido que nunca. Al igual que la luna, todos los ahí presentes se dejan acariciar por la luz de sus bombillas blancas. Son Luces de Bohemia. Y tú, un Max Estrella contemporáneo en busca de tu incierto final. Pasa, bebe y vive. Ahora sí que sí, ponme una de serie B. Bienvenido a Cineshock.


Publicado en FANZINE EAT ME #2 by Charada Madrid

Friday, 12 February 2010

Rest in peace



"Tienes que conocer las normas para poder romperlas".


Lee McQueen (1969-2010)


Thursday, 21 January 2010

Invicto Clint

Cuidado, chaval. Puede limpiarte el forro sin pestañear, valiéndose únicamente de su mirada. Bang bang y hasta la próxima vida. Sayonara, colega. Es un radical sin Dios. Afirma no simpatizar con ninguna religión, aunque reconoce ser cada vez más tolerante con los que creen. Su nombre intimida y su sombra asusta. Su presencia, acojona. No cruces tus ojos con los suyos, tan sinceros que duelen. Color azul hipnótico, como las últimas piezas surrealistas de Alexander McQueen. Es el típico guerrero de la vieja escuela, que haría desaparecer a su enemigo de forma que éste no perdiera su dignidad. Un fulano capaz de torear a Hollywood y no sucumbir al éxito fácil de raya en bandeja de plata y smoking a 70 dólares la hora. Un perro viejo capaz de aconsejar a los efebos novatos recién llegados a L.A. y que éstos no se rían en su cara. Tiene lo único que una American Express no puede conseguir. ¿Fama? ¿Éxito? No, eso se puede comprar por catálogo. R-e-s-p-e-t-o. El que 79 primaveras y una cabeza bien amueblada proporcionan. Ah bueno, y un currículum de infarto. Su nombre es Clint Eastwood.
Haciendo honor a su estatus, estrena Invictus. Un peliculón de los que te clavan en la butaca y reparte estopa a la fibra sensible. Fotogramas que golpean las tinieblas, como diría Gabriel Celaya, que ruedan por las emociones como si los propulsores estuvieran engrasados con petróleo qatarí. La excusa, Nelson Mandela. Un libertador que se chupó 27 años en la sombra por negarse a articular el ¡señor, sí señor! "Pienso que nuestros políticos podrían aprender más de Nelson. Si existiera Dios, probablemente sería como él: un tío que sabe perdonar". Así es como dispara Eastwood. Le preguntamos si la gente aprenderá algo con esta película y empieza a disertar largo y tendido sobre la política estadounidense. Tras constatar el diálogo de sordos que se traen los gringos, empieza a descargar sobre todos ellos: "Miras la Fox o la MSNBC y ves que nadie escucha. Simplemente, discuten. Muy pocos dejan acabar y se pisan unos a otros. Son como moscas cojoneras." Ni Jimmy Carter se libra de su indignación, al que tilda de "viejo senil". ¡Viva América! Es lo que tiene pasar del obligado bipartidismo americano, que todos pueden recibir.

Ahora que están tan de moda los bailes de sillas y las jubilaciones forzosas de grandes talentos para que ocupen prematuramente el museo de los muertos vivientes, viene Harry el Sucio y desenfunda su pistolón apuntando al que se mueva en la foto. Si alguien se preguntara a qué se debe hablar de un vetusto director de cine a estas alturas de la película, donde nos creemos que todo está inventado y nada nos sorpende, le diríamos que el viejo Clint ha vuelto con toda su artillería para bombardear el reinado del cine para inframentales que domina nuestro incierto panorama cultural. Temblad, cretinos que asociéis Rosebud con cualquier parida que no sea cine. Se trata de Clint Eastwood y su talento. Un ingeniero de la imagen, un poeta de la emoción, un arquitecto del séptimo arte. Cursi, pero cierto. Un tío que se viste por los pies.Adicto confeso a la cerveza, afirma ir limpio de drogas. No será por falta de oportunidades. Dejando casi atrás a Matusalén, lo único que deja al descubierto la indecente cifra de su DNI es su cara. Un rictus de impresión. Uno, dos, tres, cuatro... Hasta 87 surcos distintos en su rostro contabilizados por quienes no tienen nada mejor para descalificarlo. Ser viejo. Sí, un pecado del siglo XXI. Una tragedia para un mastuerzo. Y más en ese mundo de impostura y cuchilladas que constituye el nuevo Hollywood, cenizas de lo que antaño fue lo más grande. "Release the stars" clamaba Rufus Wainwright en un esfuerzo imposible por resucitar algo que insufló vida a los trágicos comienzos del siglo XX, para llegar a la constatable conclusión: "didn't you know that old Hollywood is over?". Realmente, a Eastwood le importa un cuerno todo eso. "A medida que me voy haciendo viejo, más me importa la familia. Cuando era joven todo era distinto. Mi mujer sabe que me encanta trabajar, pero a la vez soy un ciudadano fiel a la familia".

Los comienzos nunca son fáciles. Todos tienen su particular Jamón Jamón, pasaporte necesario para una gloria mayor, donde dadas las circunstancias nadie se anda con remilgos a la hora de enseñar las tetas o interpretar papeles de justiciero barato, como es el caso de Eastwood. Máximo representante del spaghetti-western, que le sirvió para llevar el pan a casa y, de paso, dar a conocer su nombre. Su gran oportunidad llegó tarde, rozando la cuarentena. Casi mejor, teniendo en cuenta los numerosos casos de éxito precoz mal digerido presentes en la historia del cine y que han hecho correr ríos de tinta. Tras crear su propia productora, Malpaso Productions, pasa a dirigir películas como El sargento de hierro o Los puentes de Madison. Más tarde vendrían Sin perdón o Million Dollar Baby. Sin olvidar Gran Torino, injustamente tratada por la crítica. Con cuatro estatuillas de la Academia en su haber y otras siete para sus películas, el director-actor-productor es, sin duda, una leyenda en vida.

67 películas en total. Ha actuado en 57 y dirigido 29. Unos números que se escapan a cualquier lógica y comprensión normales. Para calibrar el verdadero tamaño de un gigante como Clint Eastwood deberíamos armarnos de paciencia y tirar de hemeroteca, videoteca o lo que sea. O mejor, esperar sentados viendo cómo sigue evolucionando un monstruo del cine como él y comprobar que entre la morralla mediocre que malgasta metraje, siempre estará el viejo Clint como referencia. Una rara avis que hace que todo encaje y cobre sentido. ¿Crees en la reencarnación? "Claro que no", dice. ¿Qué ocurrirá con Clint Eastwood cuando Clint Eastwood ya no viva? "Que será el fin", vaticina. ¿Ni cielo ni infierno? ¿El fin y punto? "Mira, debemos estar agradecidos de poder hacer cosas en la vida, ser conscientes de ello y mover el culo. Y no ser tan avariciosos como para durar de por vida". Lo dicho, tanta franqueza escuece.

GQ España. Febrero 2010

Thursday, 7 January 2010

Bilbao & Lloyd Wright

La iluminación navideña que ahoga los centenarios árboles de la Gran Vía parece más propia de un videojuego japonés que de una capital de provincia. Color azul hipnótico. On, off, on, off. Se enciende y apaga con una velocidad no apta para epilépticos. De repente, Gucci. Voilá, Louis Vuitton. Precios obscenos, subidón de adrenalina y poco tiempo para pensar. ¿Visa o cash? Un dos tres, consuma otra vez. Intentas escapar de la vorágine comercial y ¡paf!, cerca de la ría, recibes un golpe en tu equilibrio. Ahí están las torres de Arata Isozaki, resignadas con majestuosidad frente al polémico zubizuri de Santiago Calatrava. A lo lejos, las placas de titanio del Gugghy te guiñan el ojo. Acércate y el cachorrito de Jeff Koons te saludará con un escueto hola. Muy buenas, ¿qué tenemos hoy? Plato principal, Frank Lloyd Wright. Suficiente por hoy, que ya se atisban los primeros síntomas del síndrome de Stendhal.

La sucursal bilbaína de la Fundación Guggenheim vuelve a sorprender a propios y extraños con una exposición sobre el trabajo del creador del primer museo de la firma, inaugurado allá por 1959 en Nueva York. Es la muestra más amplia y exhaustiva dedicada al americano de todas las que se han celebrado hasta el momento en Europa. Frank Lloyd Wright refleja el vasto trabajo del arquitecto con 63 de sus proyectos, en un recorrido único que ilustra la forma en la que revolucionó el concepto del espacio, diseñando “de dentro afuera”.

No es fácil escoger un arquitecto como tema para una exposición, ya que es obvio que lo que ahí se va a poder ver no son sus obras materializadas, sino los bocetos, los planos y las maquetas de las mismas. La arquiescultura o el arte de la arquitectura es, pues, la rara avis de las exposiciones de los museos, por sus manifiestas dificultades a la hora de exhibirla. Sin embargo, en este caso la idea parece tener más sentido: la posibilidad de admirar arquiescultura dentro de una arquiescultura, es decir, la fantástica obra de Frank Gehry, paradigma de la arquitectura hecha arte, como testigo del legado de Lloyd Wright.

Entre lo más destacado de la muestra encontramos el Plan para el Gran Bagdad, que a mediados del siglo XX tuvo ocupados a los mejores arquitectos del mundo, como Alvar Aalto, Walter Gropius, Gio Ponti o el propio Lloyd Wright. Un mega-proyecto ideado cuando los petrodólares y las ansias de occidentalización llegaron a Iraq, que desafortunadamente se quedó en agua de borrajas. El proyecto del edificio de oficinas Larkin Company, el teatro Hillside o el museo Salomon R. Guggenheim en Nueva York, que se inauguró seis meses después de la muerte de Lloyd Wright, también son protagonistas de la exhibición. La estrecha vinculación del arquitecto con Japón tuvo su punto álgido con el Hotel Imperial, además de los edificios religiosos ideados por todo el mundo: la sinagoga Beth Shalom, la capilla Pfeiffer o la Catedral de acero, que albergaría diferentes cultos en su estructura de acero y cristal.

Bilbao cuenta en su haber con obras de los más prestigiosos arquitectos-artistas internacionales. Un vicio que muchas ciudades han adquirido últimamente, como reclamo turístico o como justificación del trabajo del alcalde de turno. Pero con esta ciudad ocurre algo curioso, ya que según dicen éstos edificios adquieren mayor valor estético y artístico que si estuvieran construidos en otro lugar. Será el contexto, será la planificación de la ciudad o será la famosa fanfarronería bilbaína. Lo cierto es que así lo confirman los forasteros y Lloyd Wright habría suscrito esta idea. Hasta el 14 de febrero se podrá visitar Frank Lloyd Wright.